viernes, junio 26, 2009

y me hace dudar.

No recuerdo tu sonrisa. El tiempo ha llegado a burlarse de mi intención y fuerza, penetra mi memoria y mata los retazos de vida que dejaste en mí. Oh, amor, y me hace dudar en cuánto realmente te amaba. Las facciones de tu rostro y la luz de tu mirada se distorsionan y desaparecen poco a poco, cual si cúmulos de olvido invadieran la nostalgia de mis ojos.

Temo que algún día ya no recuerde el sonido de tu risa ni la emoción de tus palabras. Tu rostro ya no cruza por mi mente cada amanecer, y ya no añoro los instantes que compartimos con cada ocaso. Te desvaneces con el viento y mi corazón ha dejado de perseguir tu recuerdo; ya no corro tras la brisa ni lloro ante la oscuridad que solía rodearnos. Oh, amor, y me hace dudar en cuánto realmente te amaba.

Perdieron mis promesas la importancia que tu vida les había otorgado, y se fue con tu alma el juramento eterno que hice cerrando tus ojos. Ya no siento frío ni me embarga la soledad. Y quiero, más que nada, perdurar enamorado y ser torturado por tu mirada inexistente. Quiero vivir llorando por tu partida y soñar la vida que no tuvimos. Pero el brillo perdido de tus ojos ya no me inspira, y cada vez es menos la tristeza que siento al observar los fuegos pirotécnicos que vi reflejados en ellos. Oh, amor, y me hace dudar en cuánto realmente te amaba.

lunes, junio 15, 2009

dibujos.

ADVERTENCIA: Esta entrada no contiene ningun tema de interés o una idea sore la cual reflexionar. 

Hace ya una semana me gradué, y en una especie de fiesta que organizó la escuela había varios dibujantes: uno que dibujaba tu pose dando la espalda, uno que dibujaba tu rostro y otro que dibujaba con estilo caricaturesco. Aquí están dos de los dibujos que me concedieron:


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Estoy pensando en algo que poner debido a esta ocasión de cambio en mi vida, pero aún no me llegan las palabras. 
Muchas gracias a todos aquellos que leen estas lineas y muchísimas más a los que dejan su opinión al respecto.

domingo, mayo 24, 2009

caminando entre la multitud.

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Es increíble el número de personas que conoceremos durante el tiempo que vivamos, y qué tan pocas serán aquellas que dejen sus huellas en nosotros.
Pero no pensemos ahora en las personas que cambiaran nuestras vidas; pensemos en aquellas que pudieron hacerlo, pero que por distintas razones no tuvieron la oportunidad. Pensemos en la mujer que camina a nuestro lado entre la multitud rutinaria, en el compañero de trabajo cuyo nombre nunca recordamos al saludarlo por la mañana, en el niño que jugaba en la fuente cuando caminabas por la plaza. Y sus vidas seguirán como lo hará la nuestra: sentirán amor, sufrirán decepciones, se alegrarán, los acompañará la soledad, abrirán los ojos una mañana para descubrir el cielo y después los cerrarán para no volver a verlo. Pero eso, nosotros, no lo sabremos. Los recordaremos como aquella mujer entre la multitud, el compañero de trabajo, el niño en la fuente; y los olvidaremos quizás unos minutos más tarde para nunca más recordarlos, para no recordar que sus vidas, siendo tan valiosas como las nuestras, nunca se tocaron. Y ellos no recordarán nuestros rostros, ni imaginarán en dónde estaremos cincuenta y siete horas más tarde. O, tal vez, jamás se percataron de que alguien vivió a su lado por una fracción de segundo.
Así seguirá la vida, como un monton de lineas que, pudiendo tocarse, se pasaron de largo.

lunes, mayo 04, 2009

muriendo

No sé si todo sea en vano, si mi lucha no tiene razón, si mi esfuerzo está siendo desperdiciado.

¿Qué tan malo es soñar un imposible? Intento mantener mis esperanzas vivas, mi ilusión intacta; sé que no ayudará en nada. En el fondo sé que me estoy engañando, sé que la realidad sigue siendo la tirana de mi vida, sé que el anhelar algo no lo hace cumplirse, sé que querer no es poder.
Y aún me empeño en ser un masoquista, en pensar que sí puedo y decepcionarme ante cada golpe que recibo. Porque aún cuando mis esperanzas fueron astutamente asesinadas, mi deseo sigue vivo, más fuerte cada día. 
¡Oh, qué mala jugada: matar la ilusión y alimentar el querer!  

jueves, abril 09, 2009

demonios.

─Hola ─dijo con su voz de monstruo.

El niño rió y se llevó las manos a la boca,

─¿Quieres jugar? ─preguntó la voz.

El niño asintió con una sonrisa bajo las palmas y se enterró más bajo las sábanas.

─Juguemos, pues.

─No puedo ─sumió la cabeza en la almohada.

─¿Por qué no?

─Me tengo que dormir.

La voz de monstruo soltó un suspiro ronco, decepcionado. El niño lo miró fijamente, esperando que dijera algo más. Le gustaba hablar con él cuando hacia su voz de monstruo, lo hacía reír. Sabía que él lo estaba viendo, aunque no podía ver su cara en la oscuridad de la habitación.

─¿Por qué te tienes que dormir? ─preguntó al fin.

─Porque mi mamá dice.

─Oh, ¿y siempre le haces caso a tu mamá?

El niño asintió.

─¿Por qué?

─Porque si no, ya no me va a querer.

─Ah...

El niño miró la silueta a su lado un momento para después darle la espalda y cerrar los ojos. Se encontraba a punto de dormir cuando la voz se hizo escuchar nuevamente.

─¿Y tu mamá sabe que eres un mentiroso?

La pregunta fue como un golpe en el estomago del niño. Sintió la culpa jugando con sus entrañas. Cerró sus ojos con fuerza y pretendió no haber escuchado la pregunta. La odiaba, la risa del monstruo.

─¿Lo sabe? ─más como burla que como pregunta ─¿Sabe cuando no haces tu tarea?

─Cállate ─dijo el niño con voz quebrada.

Risa de monstruo. El niño se hizo un ovillo bajo las sábanas. Lo odiaba, odiaba su voz.

─¿Sabe las palabras que dices cuando estás en la escuela? ─empujó al niño.

Este pretendió nuevamente no sentir nada e intento perderse en otro pensamiento, Pero él le empujaba el hombro de nuevo.

─¿Sabe las cosas que ves con tus amigos? ─pregunto con agresividad, cual si sus propias preguntas lo molestaran.

 ─Vete ─chilló el niño.

─¿Sabe lo que haces cuando estás solo en el baño? ─lo empujaba.

─¡Cállate!

Silencio. Sólo la respiración pesada de monstruo se oía.

─Tu mama no va a quererte.

El niño volteó violentamente y empujó con fuerza a la silueta junto a él. Este cayó de la cama, pero nada se escuchó cuando golpeó el suelo. Sin ruido, sin risa, sin voz.

El niño encendió la lámpara sobre el buró a su lado. Se limpió las lágrimas del rostro y mantuvo sus manos sobre su cara por un tiempo. No miró al suelo, sabía que no habría nada ni nadie.

Y le dolía la garganta.

jueves, marzo 12, 2009

Me siento estúpido.

El amor contradice todo lo que digo saber y me hace pasar el ridículo frente a mis propias ideas.

No sé si es amor, pero si lo es, habrá provado que no soy más que un hablador: que el amor a primera vista existe, que te puedes enamorar de alguien aun sabiendo nada de él, que su voz es la única que quieres escuchar, que los clichés siempre tuvieron razón.
Me asusta, me duele sentir esto.

sábado, febrero 14, 2009

"Dejad que los niños vengan a mí"

El sacerdote ya había hecho sonar la campana. Los niños corrían a sus aulas apresuradamente, con sus cuadernos y lápices en las manos. Cada uno se sentaba en el pupitre asignado y saludaba a aquellos que lo colindaban. Las alegres voces fluían como lluvia.
La puerta se abrió, y las risas se apagaron. La entrada del padre parecía haber apagado toda señal de vida, y todos los ojos se posaban en él. Este caminó hasta el escritorio situado al frente del salón y dejó los libros que cargaba en las manos. Miró a su clase. Sonrió.
─Buenos días, niños ─inspeccionó más de cerca a los infantes frente a él ─veo que Coreta sigue enfermo.
Todas las miradas se posaron en el pupitre vacío, y después volvieron al padre, esperando la orden.
─Garrón ─dijo el hombre con su voz de hierro, en un patético intento de esconder su severidad en simpatía ─, tú puedes entregarle sus deberes después de acabada la escuela, ¿cierto?
─Sí, padre ─respondió una ronca voz desde el fondo del aula.
Nadie decía que no. Aún si el enfermo vivía en una colonia lejana al escogido, la respuesta era siempre un rápido “sí”. Nadie quería ser castigado.
─Muy bien ─continuó el padre ─, retomemos nuestra clase ─caminó hasta el escritorio y tomó un cuaderno lleno de anotaciones cursivas ─. ¡Ah, multiplicaciones! Espero que todos hayan estudiado en sus hogares.
Y la tomó: una vara delgada de madera; flexible, pero irrompible. Siempre la llevaba consigo durante las lecciones. Aún más que a la voz de acero, los niños le temían a la vara.
─Enrique… ─dijo.
¡Pobre Enrique!
─¿Has estudiado anoche? ─preguntó el padre sonriendo.
“No mentirás”. Pero el miedo era un mejor maestro a seguir.
─Sí ─respondió el niño.
─¡Oh, esplendido! Entonces sabrás cuanto es… ¿cinco por dos?
Enrique comenzó a sudar, y cerró los ojos con fuerza. Cuando habló, la duda lo acompañó.
─Di… diez.
─¿Qué cosa? ─preguntó el hombre acercándose al niño.
─Diez ─miedo era lo que lo acompañaba ahora.
─Muy bien, Enrique ─pero no le dio tiempo para creerse seguro ─¿tres por cuatro?
El niño cerró los ojos de nuevo, haciendo memoria en lugar de cálculos.
─Doce ─dijo claramente esta vez.
─¡Muy bien! ─dijo sonriéndole, y se arrodilló hasta que sus cabezas quedaron a la misma altura. Sus ojos se encontraron, y todo se oscureció para el infante ─¿Ocho por siete?
El niño comenzó a temblar. Cerró los ojos nuevamente, pero no lograba recordar la respuesta. Apretó aun más sus parpados: nada. El titilar de sus dientes se hizo presente.
─Se… sesenta… ─dijo en un susurro inaudible.
─¿Cómo? ─preguntó el padre.
De sus infantiles ojos brotaron lágrimas.
─Enrique… ─dijo el hombre suavemente.
El niño abrió sus ojos, que ya no eran mas que brillantes cristales. La pesada mano lo abofeteó. De su garganta salió un gemido lastimero, pero nada más. No podía hacer más que tener la cabeza baja y dejar que las lágrimas resbalaran por sus mejillas.
─¿Seis por siete, Enrique?
Pero él no respondió; sólo lloraba en silencio. El hombre lo abofeteó de nuevo y lo tomó del mentón para que sus caras se alinearan nuevamente. Todos los demás no hacían nada, no podían. Sólo miraban.
─Has dicho que estudiaste, ¿no, Enrique? ─dijo el padre en tono jovial ─Dime entonces, ¿cuánto es seis por siete?
El niño abrió la boca, pero sólo para soltar un suspiro desesperado y exhalar más aire. Y la paciencia del hombre se acabó. El pequeño se llevo una mano a la cara para limpiar sus húmedas mejillas. Pero la vara, tan veloz como un silencioso rayo, se la aporreó. El niño soltó un chillido y se llevó la recién golpeada mano a la boca. Las cristalinas lágrimas fluían como lluvia.
─¡Siete por seis, Enrique! ─le aporreó la otra mano ─¡Seis veces siete, Enrique! ─le aporreó el antebrazo con más fuerza ─¡Dijiste… que… habías… estudiado! ─comenzó a golpear sus pequeñas piernas ─¿Mentiste, Enrique? ¡Al Señor no le gustan las mentiras! ─y golpeó sus brazos, golpeó las tambaleantes piernas entre los sollozos del infante ─¡Dime… cuánto… es… seis por siete!
Y, después de su intensa lucha, el niño cayó. Y el hombre no se detuvo. Lo aporreaba con la vara a pesar de los lastimeros intentos de cubrirse por parte del pequeño. Este gemía, y sus sollozos llenaban el aula más de lo que cualquier otro sonido pudiese haberlo hecho. Y el hombre lo golpeaba con fuerza, con su rabia chorreando de su boca.
Oh, Enrique… Su pecado era tener tan sólo ocho años e interesarse más por juegos que por estudios. Su pecado era haberse distraído en clase y dejar que su mente vagara en infantilismos. Su pecado era no tener la fuerza para resistir los golpes que recibía y para que sus piernas lo sostuvieran. Su pecado era ser un niño.
El padre se detuvo cuando ya no se escuchaban más sollozos. El silencio era absoluto, a excepción de su agitada respiración, y sobre el cuerpo que yacía en el suelo se posaban todas las miradas compasivas de los niños. El hombre dejó la vara y se arrodilló junto al caído. Lo volteó para que su cara se dirigiera al cielo, y lo inspeccionó detenidamente.
─No le ha pasado nada ─anunció levantándose, dejando al niño en el suelo.
Todos los ojos se dirigieron al padre, quien se limpiaba el sudor de la frente, para después volver al niño.
─Garrón ─dijo el hombre, apenas recuperando el aliento ─tú puedes ayudarlo a volver a su hogar después de acabada la escuela, ¿cierto?
─Sí, padre.
─Muy bien ─dijo este, y miró al niño en el suelo una vez más para después encarar a la clase de nuevo ─, prosigamos con la lección.